Exposición 5.1: Segunda parte- caps. V-VIII

F. de Saussure, “Segunda parte: La lingüística sincrónica, caps. V-VIII” en: Curso de lingüística general, trad. A. Alonso, CABA, Losada, 2018, pp. 227-254.

-Capítulo V: hay dos tipos de relaciones entre términos y cada uno genera un cierto orden de valores. Estas relaciones pueden ser sintagmáticas o asociativas. La relación sintagmática se da en el discurso, in praesentia. Las palabras se relacionan de acuerdo al carácter lineal de la lengua, por lo que no se pueden pronunciar dos elementos a la vez. Así, el sintagma se compone de dos o más subunidades consecutivas, y un término adquiere valor por oposición a los demás. El sintagma puede ser una palabra (como “des-pegar”) o una oración completa. A la lengua también pertenecen todos los sintagmas construidos sobre formas regulares, por ejemplo, en castellano, los verbos nuevos o que surgen de anglicismos toman la forma de la primera conjugación (hackear, spoilear, etc). El sintagma tiene un orden de sucesión y un número determinado de elementos. Las relaciones asociativas se dan fuera del discurso, in absentia, y a partir de ellas se relacionan palabras con otras por algo que tienen en común. Esta asociación se da inconscientemente y los motivos van desde la semejanza de sentido a la comunidad de las imágenes acústicas. Los términos de una familia asociativa no se presentan en orden y su número es indefinido.

-Capítulo VI: las solidaridades sintagmáticas nos indican que casi todas las unidades de la lengua dependen o de lo que las rodea en la cadena hablada o de las partes sucesivas de las que ellas mismas se componen. La palabra “deseoso” se compone de “dese” y “oso”, unidades que por sí mismas no significan nada, pero sí al formar la unidad de un sintagma en cierto orden. Salvo excepciones (sí, no, gracias), no hablamos por signos aislados, sino por grupos de signos, y estos grupos de signos se vuelven signos a su vez. En la lengua todo se reduce a diferencias (un signo tiene valor en oposición a los demás) y agrupaciones (los signos no se presentan aislados).

El vínculo entre las relaciones asociativas y las sintagmáticas es de interdependencia, ya que los sintagmas se forman a partir de series asociativas. Por ejemplo, el sintagma “despolitizar” se forma por asociación con otros sintagmas con el prefijo “des” (deshacer, destapar, etc.) y con el verbo politizar (que, a su vez, sigue la forma regular de otros verbos formados en la primera conjugación). Y solo porque hay otras formas alrededor de “despolitizar”, es que se puede descomponer en subunidades, que se puede considerar como sintagma.

Al pronunciar un sintagma en el discurso, según Sassure pondríamos en juego los sintagmas que están guardados en la memoria a modo de reserva, y, por medio de los grupos asociativos, elegiríamos el sintagma que consideramos adecuado. De esta manera, seleccionamos un sintagma por su valor en relación a los otros sintagmas con los que es asociado. Además, al pronunciar un sintagma, todas las relaciones asociativas y sus agrupamientos permanecen latentes. Por tanto, el signo no tiene por sí mismo ninguna significación propia, sino que la adquiere de lo que permanece latente, oculto.

Respecto a la arbitrariedad del signo, solo algunos son inmotivados y el resto tiene cierto grado de motivación. De esta manera, “diecinueve” (signo motivado) se formaría de la conjunción de “diez” y “nueve” (inmotivados).

Las unidades tienen valor no solo a partir de las oposiciones, sino también de las solidaridades, tanto del orden sintagmático como asociativo, que corrigen parcialmente un sistema caótico.

-Capítulo VII: la lingüística estática se puede llamar gramática, y la gramática estudia la lengua como sistema de medios de expresión. Quien dice gramático dice sincrónico y significativo.

Tradicionalmente se divide entre morfología y sintaxis. La morfología se ocuparía de analizar las distintas categorías de palabras y las diversas formas de flexión. La sintaxis, en cambio, se ocuparía de las funciones que desempeñan las palabras. Pero esta división es ilusoria, ya que las formas y funciones de un signo son solidarias. Es decir, hay palabras con distintas formas porque cumplen funcionen distintas (por ej., se puede decir “yo juego”, pero no “yo juega”). La morfología, entonces, no tiene objeto real y autónomo, y no se puede pensar sin la sintaxis.

Las divisiones racionales, por lo tanto, son las ya establecidas por Sassure y que “se imponen por sí mismas” entre relaciones sintagmáticas y relaciones asociativas.

-Capítulo VIII: bajo un punto de vista sintáctico, asociar dos formas es sentir que ambas tienen algo en común y también distinguir la naturaleza de la relación que rige la asociación. Así, sabemos que la relación entre “enseñar” y “enseñanza” es distinta a “enseñanza y “templanza”. Sin embargo, las asociaciones no se basan solo en elementos materiales, sino que también en entidades abstractas. Así, podemos asociar “enseñanza” con “instrucción”. Son palabras que se asocian por el sentimiento de un valor común, aunque falte soporte material. Este sentimiento, que es una entidad abstracta, se apoya siempre en entidades concretas, que serían las palabras en tanto fonemas, en tanto pronunciadas.

Desde un punto de vista sintagmático, las partes de un sintagma siguen cierto orden de sucesión, por lo que no se puede decir “abledese”, sino “deseable”. Pero este orden de las subunidades, que es una entidad abstracta, solo existe por las unidades concretas que lo contienen. Es decir, las unidades materiales, alineadas en cierto orden, crean el valor del sintagma.

Exposición 4.2: Segunda Parte. La lingüística sincrónica: Cap. I-IV

F. de Saussure, “Segunda parte: La lingüística sincrónica, cap. I-IV” en: Curso de lingüística general, trad. A. Alonso, CABA, Losada, 2018, pp. 191-226

Cap. I (Generalidades): La lingüística sincrónica se ocupa de los factores constitutivos de todo estado de la lengua. Un estado de la lengua es una extensión de tiempo más o menos larga durante la cual los cambios registrados pueden ser considerados mínimos o despreciables. Por otro lado, también se debe delimitar un espacio. La lingüística estática implica necesariamente una simplificación convencional de datos.

Cap. II (Las entidades concretas de la lengua): (i) Entidades y unidades. Definiciones. Los signos de que se compone la lengua son objetos reales, ellos son las entidades concretas que estudia la lingüística. Pero la lengua no se presenta como un conjunto de signos deslindados de antemano, sino como una masa indistinta en la que la atención y el hábito son los únicos que nos pueden ayudar a encontrar estos elementos particulares. La unidad lingüística es “una porción de sonoridad que, con exclusión de lo que precede y de lo que sigue en la cadena hablada, es el significante de cierto concepto” (p. 199). (ii) Método de delimitación. Cada imagen acústica debe corresponder a un concepto. Este es un método que, en la teoría, parece muy sencillo. (iii) Dificultadas prácticas de la delimitación. El método establecido previamente funciona para las palabras, pero éstas no son las unidades concretas buscadas. Estas unidades tampoco se hallan en las oraciones, como pretende una teoría muy extendida. (iv) Conclusión. La lengua presenta la particularidad de no ofrecer unidades perceptibles a primera vista, sin que por ello se pueda dudar que existan.

Cap. III (Identidad, realidad, valores): Tanto la identidad como la realidad sincrónica no difieren esencialmente de los valores. Ej. del caballo de ajedrez (este no reviste ningún significado en su materialidad pura por fuera del tablero y del juego, mientras que, por otro lado, también puede ser reemplazado por cualquier otra cosa a la que se le atribuya el mismo valor que tiene un caballo dentro del juego del ajedrez). La lingüística debe determinar sus unidades concretas y este problema debe ser abordado desde la cuestión del valor, pues este es su aspecto primero.

Cap. IV (El valor lingüístico): (i) La lengua como pensamiento organizado en la materia fónica. La lengua es una intermediaria entre el pensamiento y el sonido. Al constituirse entre estas dos masas amorfas, la lengua elabora sus unidades. Ahora bien, la elección de tal porción acústica para tal idea es perfectamente arbitraria. De lo contrario, el valor perdería algo de su carácter, el ser relativo. Y, por otro lado, la arbitrariedad nos señala la necesidad de una colectividad para establecer valores cuya única razón de ser son el uso y el consenso generales. El individuo por sí solo no puede fijar valores.  (ii) El valor lingüístico considerado en su aspecto conceptual. No se debe confundir el valor con la significación, es decir, con la capacidad que tiene la palabra de representar una idea. Los valores están constituidos por una cosa desemejante susceptible de ser trocada y por cosas similares con las que se puede comparar. Como la palabra forma parte de un sistema, está revestida no sólo de significación, sino también de valor. Los valores son puramente diferenciales, no son definidos positivamente por su contenido, sino negativamente por sus relaciones con los otros términos del sistema, es decir, son aquello que los otros no son. A la interpretación real del esquema del sigo hay que añadirle la cuestión del valor. (iii) El valor lingüístico considerado en su aspecto material. Lo que importa en la palabra no es el sonido, sino las diferencias fónicas que permiten distinguir una de otra. Arbitrario y diferencial son dos cualidades correlativas. El signo lingüístico es incorpóreo, no está constituido por su sustancia material, sino por las diferencias que separan su imagen acústica de las demás. (iv) El signo considerado en su totalidad. En la lengua no hay más que diferencias. Aún más, en la lengua sólo hay diferencias sin términos positivos. Pero al considerar el signo en su totalidad, ya no se puede hablar de diferencias. Dos signos que comportan cada uno un significante y un significado no son diferentes, sino distintos. Mientras que el valor y la unidad son de naturaleza puramente diferencial. La lengua es una forma y no una sustancia. Todos nuestros errores terminológicos para referirnos a la lengua, provienen de suponer que existe una sustancia en el fenómeno lingüístico.