El texto comienza con una reflexión acerca de unas preguntas que realiza Hölderlin en su elegía Pan y vino:
“¿Por qué son silencio también ellos, los antiguos sagrados teatros?
¿Por qué, pues, no se alegra la consagrada danza?”
Las preguntas así como la reflexión subsiguiente apuntan a que la palabra que dona lo sagrado se halla ausente. Así a lo sagrado le es retenida o negada (verwehren) la palabra: “En el decir (das Sagen) mismo tenía lugar la aproximación del Dios. El decir era en sí un dejar aparecer aquello que decían los dicientes (die Sagenden)” Este enigma de la palabra será abordado a través del poema de Stefan George titulado La palabra.
Tras presentar el poema, Heidegger señala que los dos últimos versos, y la estrofa final en particular, no sólo concluyen el poema sino que lo abren en tanto llaman a la reflexión:
“Así aprendí triste la renuncia:
Ninguna cosa sea donde falta la palabra.”
Este último verso da título al poema y señala a la palabra como su contenido poético. Sin embargo Heidegger advierte contra la tentación de convertir estos versos en un enunciado para afirmar que solamente la palabra le concede el ser a la cosas. Esto implicaría además concentrarse exclusivamente en esta sección en detrimento del resto del poema. Con todo el poema conduce hacia esta actitud de algún modo pues el último verso de la última estrofa termina en dos puntos. Si se la compara con la quinta estrofa, ella también termina en dos puntos pues en ella se enuncia algo: “Buscó largamente e hízome saber: / «Sobre el profundo fondo nada así descansa»”
En esta quinta estrofa la Norna declara algo. La función de los dos puntos es introducir aquello que la Norna dice. La séptima estrofa es diferente. Heidegger indica que su tono se centra alrededor de la palabra “renuncia” (verzicht).
Analiza entonces la palabra “renuncia” (verzichten) y la vincula con “perdonar” (verzeihen). Genera así la siguiente relación:
| verzichten (renunciar) | zichten | zeigen (mostar) | sagan (decir) | δείχνυμι | dicere |
| verzeihen (perdonar) | zeihen (acusar) |
Zeihen y zichten son la misma palabra que zeigen y significan “dejar ver, hacer aparecer”. Asimismo ellas tienen relación con la palabra del antiguo alemán sagan, decir. En la renuncia entonces hay un decir (Sagen) en tanto desistir a una reivindicación o negación. Los dos puntos al final de “Así aprendí triste la renuncia:” no abren tanto una declaración sino que abren a la renuncia como un decir. Los dos puntos abren la renuncia para aquello que ella se compromete. En este sentido la renuncia no es simplemente negativa sino que comporta una cierta afirmación:
“¿Pero cómo? ¿Renuncia el poeta al hecho de que ninguna cosa sea donde falta la palabra? De ningún modo. El poeta está tan lejos de renunciar a ello que, al contrario, asiente a lo que es dicho.
Por tanto, aquello hacia lo cual los dos puntos abren la renuncia no puede decir de aquello a lo que renuncia el poeta. Más bien debe decir aquello a lo que el poeta se compromete. Pero renunciar significa incuestionablemente negarse algo. En consecuencia, el verso final debe, pese a todo, decir aquello que el poeta se niega. Sí y no.” (p. 200)
El poeta ha aprendido la renuncia pero a fin de comprender el camino que lo ha llevado a tal aprendizaje es necesario recorrer las seis estrofas precedentes al verso final. Estas estrofas se hallan articuladas en dos tríadas simétricas de tres estrofas cada una.
Dos veces repite George la expresión «mi país». Él puede afirmar su país como propio en tanto se lo comprende como el ámbito asegurado de su poesía. Aquello que su poesía requiere y que el poeta va a buscar son los nombres para todo lo que él trae de la lejanía. Esto que trae es lo que quiere representar (darstellen). Para poder representarlos entonces es que el poeta necesita los nombres. Los nombres funcionarían como palabras que permitirían llevar todo lo existente al representar (Vorstellen). El poeta viaja así al borde del país poético en busca de los nombres que aseguren la soberanía de su decir.Esta exigencia de soberanía sobre todo lo que puede ser dicho se cumple mientras la Norna, diosa del destino, le saque nombres del manantial. Al concluir la primera tríada del poema, el poeta puede asir de un modo «denso y fuerte» su poesía. Su soberanía es total y perfecta.
La segunda tríada del poema, que se corresponde con la primera, hace patente una experiencia muy distinta a ésta. En esta segunda parte el poeta llega, después de un feliz viaje, con una joya a la fuente de la Norna. El orígen de esta joya no es aclarado en el poema, el poeta simplemente la tiene a la mano. Tras buscar largamente el nombre de la joya, la divinidad finalmente sentencia:
«Sobre el profundo fondo nada así descansa»
Los nombres eran entendidos hasta este momento como un material disponible utilizado para representar objetos. Ellos se atribuídos posteriormente a las cosas para asegurar su representación. No obstante, la fuente que hasta allí había distribuído los nombres que representan, ya no dispensa más.
¿Qué ocurre con la joya entonces? Bajo esta concepción del nombre como instrumento del representar, sería posible que la joya continuase existiendo pero prescindiendo de nombre. Lo que acontece es algo distinto e inquietante. «Es inquietante que con la ausencia de la palabra desaparece la joya. Así, es la palabra y sólo ella la que mantiene la joya en su presencia» (p. 204) De este modo se revela así una dimensión superior de la palabra: sólo la palabra otorga la venida a la presencia «es decir, el ser, aquello en que algo puede aparecer como ente» (p. 204).
Este nuevo ámbito de la palabra se le presenta súbitamente al poeta. La joya que antes poseía se escapa pero no se desintegra en la nada. Permanece como un tesoro perdido. Con esta nueva experiencia el poeta debe abandonar toda pretensión soberana de que le sea dado, a demanda suya, el nombre para todo lo existente. Debe renunciar así a «tener bajo su dominio la palabra en tanto que nombre representativo de lo que es puesto como ente» (p. 204).
Heidegger nota que al aprender la renuncia, el poeta no renuncia simultáneamente al decir. En cambio él dice la renuncia e incluso escribe un poema titulado La palabra. La renuncia entonces no es un mero enmudecer o callar. Hay algo positivo en ella que preserva la relación con la palabra.
La palabra se muestra ahora en un reino superior y esto conlleva una transformación en la relación que el poeta establece con ella. La renuncia es vivida en esta dimensión superior del lenguaje y el poema muestra esto cantándola. El poema La Palabra es, en efecto, un canto. Es más, éste se halla en la sección final del último volumen de poemas de George que lleva por título El Canto. Con estos últimos poemas, George se alejaría de su actitud previa aceptando la renuncia que aprendió. Eso sólo puede lograrse, afirma Heidegger, si la palabra poética se articula en el sonido del canto. La renuncia aprendida, entonces es la transformación del decir “eco casi inaudible – murmullo en forma de canto – de un Decir (Sage) indecible”.
Vuelve de este modo a la última estrofa que revela y oculta al mismo tiempo el secreto de la palabra. La palabra es dicha en forma de renuncia. Heidegger señala dos lados o aspectos de la renuncia si bien advierte que no son propiamente lados simétricos pues habrá uno que regirá en la renuncia. En primer lugar se indica un lado negativo: la renuncia tiene el carácter de un negar-se-algo. Aquello que es negado en la renuncia es la pretensión del poeta a la soberanía representacional de la palabra. Es aquello ya mencionado cuando la Norna falla en hallar el nombre para la joya. El poeta debe abandonar su exigencia de disponer de los nombres para representar cosas. Pero renunciar a la esta soberanía representativa abre, al mismo tiempo, un reino superior de la palabra. Éste es el aspecto positivo de la palabra. Ella deja ser la cosa como cosa. Afirma que “la palabra «en-cosa» la cosa en cosa (Das Wort be-dignt das Ding zum Ding). Heidegger se refiere a este aspecto más elevado de la palabra como die Bedingnis. En Goethe esta palabra significaba lo mismo que la palabra contemporánea Bedingung (condición), sin embargo Heidegger se cuida de distinguirlos.
| Bedignis | Bedingung (condición) |
Bedingung, condición, significa el fundamento para lo que es. La condición tiene carácter fundante y satisface así el principio de razón. La palabra, en cambio, no cumple estas condiciones. Ella tiene un carácter abismal ya que no funda sino que deja que la cosa esté en presencia como cosa. Heidegger nombra este dejar como Bedingnis o “en-cosa-miento”. El poeta destina su decir a este secreto de la palabra.
El negar-se de la renuncia, su decir-no, se transforma de este modo en una afirmación, decir-sí. La renuncia es un no-negarse al habla y sólo puede manifestarse a través del “sea” del poema. “De ahora en adelante que la palabra sea: el «en-cosamiento» (die Bedingnis) de la cosa” (p. 209). Este sea revela la relación entre palabra y cosa: ninguna cosa es sin la palabra. Es deber y agradecimiento.
Heidegger luego explica porqué el tono de la renuncia no es de tristeza sino de alegría. Lo hace a partir de un poema sin título contenido en El Nuevo Reino. La tristeza concernía al aprendizaje de la renuncia tras el cual deviene la alegría. Ambos, alegría y tristeza, sin embargo, se templan mutuamente en el juego de correspondencia que es el dolor.
El no-negar-se a que la palabra sea el «en-cosamiento» de la cosa es el secreto conocido que trae lo lejano a la cercanía. Este secreto no puede ser dicho. No le corresponde ninguna palabra a este decir que lleva la esencia del habla al habla. Así, el tesoro nunca ganado que menciona George es la palabra para la esencia del habla. La esencia del habla permanece en lo indecible, no le es concedida palabra alguna. Ella es al mismo tiempo lo más cercano, aquello que el poeta tenía en su mano, pero también eso que se escapa. Se encuentra como lo más lejano en la más próxima proximidad.
«La joya rica y delicada es el «esenciar» (verbal) de la palabra que, en tanto que diciente, nos pone invisiblemente, y aun en lo no hablado, en presencia de la cosa en tanto que tal cosa» (p. 212)
Si el «en-cosamiento» de la cosa en cosa pertenece al reino superior de la palabra, entonces ella se comienza a mostrar como el «recogimiento que lleva lo presente a presencia». Heidegger encuentra que la palabra más antigua para la palabra así pensada es logos: die Sage. A su vez, la palabra logos ha sido usada tanto para «decir» como para «ser». Esta doble connotación de logos muestra la copertenencia entre decir y ser, palabra y cosa.
El poeta guarda memoria de la joya a través de la renuncia. Así la esencia de la palabra deviene lo más digno de pensar para el poeta. Al escuchar el poema pensamos tras de la poesía. Poesía y pensamiento se encuentran entonces en una relación de copertenencia.