3. El alfabeto y la representación absoluta (pp. 371-381)
Lo gráfico y lo político se han revelado como representaciones que arruinan la pureza originaria del presente. Sin embargo, esta degradación es parte de un proceso racional, por lo que eventualmente, a partir de la acumulación de catástrofes, debería haber un retorno a lo universal a partir de una reapropiación total en la que la presencia sería plenamente presente. Tal retórica escato-teleológica del relevo es la que direcciona el discurso rousseauniano. De modo que la différance y la suplementariedad se inscriben en un horizonte cuyo fin es ser borradas; es decir, la parusía es la borradura de lo que borra la presencia. Con una lógica que podríamos calificar de trotskista, la mayor catástrofe se lee simultáneamente como el mayor milagro, pues se inscribe en el movimiento que promete la cancelación de la distancia: promesa de la proximidad absoluta que sólo se alcanza cuando se ha atravesado el límite del alejamiento del origen.
Este retorno a sí a partir del alejamiento ilimitado se da en la escritura alfabética (como culminación de la escritura fonética que suple al habla) y en los pueblos civilizados (como imposición del derecho sobre el hecho, de la ley sobre la naturaleza). Ambos representan la representación, pero por ello mismo permiten el surgimiento de la voz del pueblo, a condición de que la alienación sea absoluta (Cfr. VG en CS). De lo contrario, restaría un presente no planificado que daría lugar a abusos propios de la representación (por ej., la esclavitud). En suma, la representación absoluta re-presenta sin reservas, restituye justamente todo lo que sustrae.
El problema, señala Derrida, comienza a parecer cuando notamos que tal dicotomía moral entre la presencia y la representación se inscribe ella misma en una escisión, sin poder preguntarse por el efecto que la genera. Se oblitera “el movimiento productor del efecto de diferencia: el extraño gráfico de la différance” (p. 372). Esto ocurre incluso aunque se invierta el sistema y se privilegie la ausencia (movimiento del que apresuradamente se acusa a Derrida). En otras palabras, al denunciar la perversidad de la representación se mantiene imperturbable el goce de la presencia (que sólo es tal a condición de nunca ser presente).
Por lo tanto, la mediación debe ser inmediata para que la voluntad prime sobre la representación. No obstante, el peligro de la representación subsiste al momento de inscribir la ley, pues en ese pasaje la voluntad general siempre puede particularizarse. De nuevo, la escritura se muestra como el origen de la desigualdad. Aunque Derrida no lo explicite, esto se aprecia en la necesidad del discurso rousseauniano del Legislador como deus ex machina. ¿Pero cómo el pueblo, que es pura voluntad sin entendimiento, podría reconocer al Legislador? Es decir, ¿cómo podría el adentro regular la entrada del afuera sin borrar parte de sus fronteras?
Rousseau nos dice que la voz del pueblo debe guiar de modo inmediato el juicio por el que se instaura la Constitución. Ahora bien, este movimiento que asegura que la representación re-presente la presencia implica que, paralelamente, la presencia debe re-presentar a la representación. Es decir, la presencia termina por ser el suplemento de la representación suplementaria. Y desgraciadamente, entre ambos suplementos se abisma una distancia insuprimible, no habiendo forma de evitar que la presencia que suplementa a la representación no sea ella misma suplida.
Tal es el juego abierto del suplemento donde el tiempo se dilata sin que nada garantice que el horizonte de la parusía no se invierta. Nada impide que el accidente tome el lugar de lo esencial, finiquitando la teleología infinita en tanto la catástrofe quizá reste a su universalización.
Y esto que ocurre en el orden político se replica en el gráfico, pues recordemos que la sucesión salvajes-bárbaros-civilizados coincide con la de pintura-ideofonograma-alfabeto. Así, por ejemplo, la palabra “casa” representa el sonido “[ca-sa]”, el cual a su vez representa el concepto « casa ». Dado que el significado del grafema es un fonema que en sí mismo no tiene sentido, la escritura fonético-alfabética no tiene necesidad de elementos pictóricos, siendo en ese sentido más racional y económica. Se desprende de lo analizado que la alfabetización es lo propio del hombre civilizado, pero Derrida también repone en el discurso rousseauniano una cuarta figura, la del comerciante. La circulación gráfica sin pérdida del sentido es primordialmente la del dinero, lengua universal por excelencia.
En este registro ya no importan los accidentes empíricos, el sentido ha sido purificado, siendo la escritura alfabética la mejor representación de la voz por su relación arbitraria con ella, del mismo modo que el dinero es el valor neutro para el intercambio de mercancías. Por eso es que “[e]l movimiento de abstracción analítica en la circulación de signos arbitrarios, es paralelo a aquel por el que se constituye la moneda” (p. 378). Toda heterogeneidad es idealizada mediante los signos homogéneos, y su negatividad universalizadora yace en su insignificancia.
La escritura pasa así a naturalizar la cultura, borrando la diferencia que ella misma había abierto. No obstante, ella conserva cierta ambigüedad, y debe usarse con premura. Su abuso sería el equivalente de volvernos esclavos. Más aún, los abusos políticos se sustentan en el monopolio de la escritura. Para que el pueblo sea soberano ninguna ley debe estar por encima de su voluntad general, y para esto es fundamental la existencia de asambleas legislativas que periódicamente mantengan el ejecutivo (el poder representativo y particular) a raya. ¿Pero de qué manera marcar cuándo, dónde y cómo se juntará todo el pueblo? Debe hacerse oralmente, pues de lo contrario el Príncipe podría usurpar el poder. Pero de esta forma, nuevamente la presencia debe suplementar a la representación.
4. El teorema y el teatro (pp. 381-393)
La historia de la voz y de su escritura es la de cómo sus dos suplementos universales, el pictograma natural y el álgebra artificial, se yuxtaponen. Tal como comenzamos explicando, esta relación es parte de la ley de los excesos que se tocan. En esta historia, Rousseau guarda un lugar privilegiado para la escritura alfabética, pero estructuralmente es la penúltima etapa. En rigor, el álgebra es el momento universal de la escritura, pero por ello mismo el de la letra más muerta, pues se ha roto el lazo con el habla viva (se puede leer perfectamente, más no pronunciar); aquí la alienación de la escritura es absoluta.
¿Qué ocurre con la lógica del suplemento una vez que la suplementariedad desborda lo suplementado? Ya no hay un presente anterior que suplir, se ha roto la temporalidad lineal, y el suplemente sólo se suple a sí mismo. “El suplemento siempre es el suplemento de un suplemento. Uno quiere remontarse del suplemento a la fuente: debe reconocerse que hay suplemento en la fuente” (pp. 382-3). Este aspecto no-fonético del algebra habita desde siempre la posibilidad misma de la escritura, y por tanto de la voz misma. Y este silencio mortuorio del teorema es el mismo peligro que asedia en política a la voz del pueblo.
¿Quizá el teatro podría ser el dispositivo que sostenga viva la voz del pueblo? Pero el teatro sigue siendo representación, y quienes actúan acaban por ser unos inmorales enamorados de la superficialidad. Rousseau ofrece dos posibles soluciones:
1) Distingue entre el predicador que se representa a sí mismo y el comediante que representa a otro. El primero tiene la responsabilidad ética del habla, ¿pero cómo podría marcarse certeramente la diferencia? En efecto, la distinción presupone lo que busca resolver.
2) Propone un teatro sin representación, en tanto es la visibilidad lo que corrompe a la voz. Tal “teatro” sería una fiesta pública, donde el pueblo presente a sí mismo sería plenamente soberano. Para darse este espectáculo político tendría que sustraerse del espacio público todo elemento afeminado o mercantil propio de la superficialidad actoral. “Fiesta” sin gasto, sin juego, sin máscara (o cualquier forma de vestimenta), nos veríamos a los rostros desnudos y nos amaríamos en nuestra intimidad. Se “festejaría” al aire libre para evitar la contaminación con la exterioridad que se da en la interioridad de la sala de teatro. Esta intimidad sería puramente interior en tanto ya no habría afuera alguno. Toda relación con la muerte sería reprimida. Estaría permitido el baile, pero como iniciación al matrimonio, a la vista de todos, y con intenciones claras. Es decir, la seducción también sería reprimida. ¿Pero cómo bailar al aire libre en los países del norte o en época invernal? Si se hace en lugares cerrados se reintroduce la exterioridad, y utilizar vestimentas nos volvería obscenos. Las estaciones, a pesar de ser un elemento natural, separan a la presencia de sí y arruinan la originalidad del presente.
La metafísica de la presencia que reproduce el discurso rousseauniano es una acumulación obsesiva de suplementos tras suplementos en miras a borrar de una vez y para siempre la suplementariedad. Pero cada instancia de aseguramiento es también de vulneración. Desde que el presente nace está herido moralmente por la ausencia. Rousseau busca rescatar la esencia del presente, la presencia, a partir de un re-nacimiento. Pero esta repetición escato-teleológica de la presencia implica que en la presencia misma se abre la estructura de la representación. La esencia es la presencia, pero no hay esencia de la presencia ni presencia de la esencia, sino juego de representaciones. Este juego acaba por no ser otra cosa que la condición misma de la experiencia, su aparecer y simultáneo desaparecer. Este desdoblamiento al interior de la presencia la arruina como tal. Por ello Rousseau busca tan desesperadamente la exclusión de la representación: quería poner afuera al afuera, presentificar el suplemento. Pero este movimiento no puede evitar producir su contrario, a saber, la suplementación del presente.
Todo ello es el mal de la escritura, su apertura del goce que, afortunadamente, nunca se puede cerrar. Éste es presentado y substraído por aquella. Tal el juego de l a escritura, del goce como repetición de lo que no se puede repetir. Y Rousseau juega y goza practicando la condena de la escritura, porque sabe que ella, a la vez que abre el deseo, también significa su muerte. Es el elemento maquínico en el corazón del habla viva. Por ello la tecnofobia propia de la metafísica platonista que Rousseau no puede evitar repetir.
5. El suplemento de origen (pp. 393-397).
Derrida señala como Rousseau declara la exterioridad de la escritura, pero describe su interioridad. La escritura está adentro del habla, y en tanto principio de borradura y relación con la muerte la expulsa hacia afuera. Rousseau no sólo pretende que la escritura sea exterior, sino atribuir su potencia de exteriorizar a la interioridad de la voz. Sin embargo, la escritura es la que constituye al habla al añadírsele: es el suplemento originario, cuyo efecto de infección es el origen. Ahora bien, la esencia del suplemento es no tener esencialidad, lo que no sólo significa que siempre puede no tener lugar, sino que en rigor nunca lo tiene. “Menos que nada y no obstante, a juzgar por sus efectos, mucho más que nada. El suplemento no es ni una presencia ni una ausencia. Ninguna ontología puede pensar su operación” (p. 394).
La tarea deconstructiva consiste en pensar la escritura más allá del bien y del mal, así como en dar cuenta de la imposibilidad del logos clásico de pensar el movimiento de la suplementariedad. Desde ya está decir que la designación de esta imposibilidad no escapa al lenguaje de la metafísica. La escritura reserva un posicionamiento estratégico dentro de esta apertura del juego, pero siempre se habla desde el lenguaje que se está deconstruyendo.
Siguiendo las descripciones de Rousseau, si el habla es el tono, la escritura es la atonalidad que la estuvo asediando desde siempre, como su exterioridad originaria. Si el habla fuese puramente tonal, no tendría articulación posible; si fuese puramente atonal, no habría sonido posible. La muerte del habla marca tanto el horizonte como el origen del lenguaje, pero no debemos olvidar que “la muerte, que no es ni un presente por venir un presente pasado, trabaja el adentro del habla como su huella, su reserva, su différance interior y exterior: como un suplemento” (p. 396); de modo que no hay ni horizonte ni origen del lenguaje.
Todo esto es lo que Rousseau no podía pensar, y sin embargo escribió. El soñaba que las oposiciones se mantenían como tales. Y si nos servimos de ellas no podemos más que invertirlas, es decir, confirmarlas. Pero el suplemento se sustrae a la oposicionalidad, no siendo ni significante ni significado. Nada puede restringir la economía de la différance, su contaminación. En suma, Rousseau sueña con subsumir el suplemento a la metafísica de la presencia, ¿pero qué quiere decir soñar? ¿La oposición sueño-vigilia no es una representación metafísica? ¿Y qué ocurre cuando soñamos escribiendo? ¿Y no es acaso la escena misma del sueño una escena de escritura?