Martin Heidegger – «La Palabra» en De camino al habla

El texto comienza con una reflexión acerca de unas preguntas que realiza Hölderlin en su elegía Pan y vino:

  “¿Por qué son silencio también ellos, los antiguos sagrados teatros?

  ¿Por qué, pues, no se alegra la consagrada danza?”

Las preguntas así como la reflexión subsiguiente apuntan a que la palabra que dona lo sagrado se halla ausente. Así a lo sagrado le es retenida o negada (verwehren) la palabra: “En el decir (das Sagen) mismo tenía lugar la aproximación del Dios. El decir era en sí un dejar aparecer aquello que decían los dicientes (die Sagenden)” Este enigma de la palabra será abordado a través del poema de Stefan George titulado La palabra.

Tras presentar el poema, Heidegger señala que los dos últimos versos, y la estrofa final en particular, no sólo concluyen el poema sino que lo abren en tanto llaman a la reflexión:

“Así aprendí triste la renuncia:

 Ninguna cosa sea donde falta la palabra.”

 Este último verso da título al poema y señala a la palabra como su contenido poético. Sin embargo Heidegger advierte contra la tentación de convertir estos versos en un enunciado para afirmar que solamente la palabra le concede el ser a la cosas. Esto implicaría además concentrarse exclusivamente en esta sección en detrimento del resto del poema. Con todo el poema conduce hacia esta actitud de algún modo pues el último verso de la última estrofa termina en dos puntos. Si se la compara con la quinta estrofa, ella también termina en dos puntos pues en ella se enuncia algo: “Buscó largamente e hízome saber: / «Sobre el profundo fondo nada así descansa»”

En esta quinta estrofa la Norna declara algo. La función de los dos puntos es introducir aquello que la Norna dice. La séptima estrofa es diferente. Heidegger indica que su tono se centra alrededor de la palabra “renuncia” (verzicht).

Analiza entonces la palabra “renuncia” (verzichten) y la vincula con “perdonar” (verzeihen). Genera así la siguiente relación:

verzichten (renunciar)zichtenzeigen (mostar)sagan (decir)δείχνυμι  dicere
verzeihen (perdonar)zeihen (acusar)

Zeihen y zichten son la misma palabra que zeigen y significan “dejar ver, hacer aparecer”. Asimismo ellas tienen relación con la palabra del antiguo alemán sagan, decir. En la renuncia entonces hay un decir (Sagen) en tanto desistir a una reivindicación o negación. Los dos puntos al final de “Así aprendí triste la renuncia:” no abren tanto una declaración sino que abren a la renuncia como un decir. Los dos puntos abren la renuncia para aquello que ella se compromete. En este sentido la renuncia no es simplemente negativa sino que comporta una cierta afirmación:

“¿Pero cómo? ¿Renuncia el poeta al hecho de que ninguna cosa sea donde falta la palabra? De ningún modo. El poeta está tan lejos de renunciar a ello que, al contrario, asiente a lo que es dicho.

Por tanto, aquello hacia lo cual los dos puntos abren la renuncia no puede decir de aquello a lo que renuncia el poeta. Más bien debe decir aquello a lo que el poeta se compromete. Pero renunciar significa incuestionablemente negarse algo. En consecuencia, el verso final debe, pese a todo, decir aquello que el poeta se niega. Sí y no.” (p. 200)

El poeta ha aprendido la renuncia pero a fin de comprender el camino que lo ha llevado a tal aprendizaje es necesario recorrer las seis estrofas precedentes al verso final. Estas estrofas se hallan articuladas en dos tríadas simétricas de tres estrofas cada una. 

Dos veces repite George la expresión «mi país». Él puede afirmar su país como propio en tanto se lo comprende como el ámbito asegurado de su poesía. Aquello que su poesía requiere y que el poeta va a buscar son los nombres para todo lo que él trae de la lejanía. Esto que trae es lo que quiere representar (darstellen). Para poder representarlos entonces es que el poeta necesita los nombres. Los nombres funcionarían como palabras que permitirían llevar todo lo existente al representar (Vorstellen). El poeta viaja así al borde del país poético en busca de los nombres que aseguren la soberanía de su decir.Esta exigencia de soberanía sobre todo lo que puede ser dicho se cumple mientras la Norna, diosa del destino, le saque nombres del manantial. Al concluir la primera tríada del poema, el poeta puede asir de un modo «denso y fuerte» su poesía. Su soberanía es total y perfecta. 

La segunda tríada del poema, que se corresponde con la primera, hace patente una experiencia muy distinta a ésta. En esta segunda parte el poeta llega, después de un feliz viaje, con una joya a la fuente de la Norna. El orígen de esta joya no es aclarado en el poema, el poeta simplemente la tiene a la mano. Tras buscar largamente el nombre de la joya, la divinidad finalmente sentencia:

«Sobre el profundo fondo nada así descansa»

Los nombres eran entendidos hasta este momento como un material disponible utilizado para representar objetos. Ellos se atribuídos posteriormente a las cosas para asegurar su representación. No obstante, la fuente que hasta allí había distribuído los nombres que representan, ya no dispensa más. 

¿Qué ocurre con la joya entonces? Bajo esta concepción del nombre como instrumento del representar, sería posible que la joya continuase existiendo pero prescindiendo de nombre. Lo que acontece es algo distinto e inquietante. «Es inquietante que con la ausencia de la palabra desaparece la joya. Así, es la palabra y sólo ella la que mantiene la joya en su presencia» (p. 204) De este modo se revela así una dimensión superior de la palabra: sólo la palabra otorga la venida a la presencia «es decir, el ser, aquello en que algo puede aparecer como ente» (p. 204). 

Este nuevo ámbito de la palabra se le presenta súbitamente al poeta. La joya que antes poseía se escapa pero no se desintegra en la nada. Permanece como un tesoro perdido. Con esta nueva experiencia el poeta debe abandonar toda pretensión soberana de que le sea dado, a demanda suya, el nombre para todo lo existente. Debe renunciar así a «tener bajo su dominio la palabra en tanto que nombre representativo de lo que es puesto como ente» (p. 204). 

Heidegger nota que al aprender la renuncia, el poeta no renuncia simultáneamente al decir. En cambio él dice la renuncia e incluso escribe un poema titulado La palabra. La renuncia entonces no es un mero enmudecer o callar. Hay algo positivo en ella que preserva la relación con la palabra.

La palabra se muestra ahora en un reino superior y esto conlleva una transformación en la relación que el poeta establece con ella. La renuncia es vivida en esta dimensión superior del lenguaje y el poema muestra esto cantándola. El poema La Palabra es, en efecto, un canto. Es más, éste se halla en la sección final del último volumen de poemas de George que lleva por título El Canto. Con estos últimos poemas, George se alejaría de su actitud previa aceptando la renuncia que aprendió. Eso sólo puede lograrse, afirma Heidegger, si la palabra poética se articula en el sonido del canto. La renuncia aprendida, entonces es la transformación del decir “eco casi inaudible – murmullo en forma de canto – de un Decir (Sage) indecible”.

Vuelve de este modo a la última estrofa que revela y oculta al mismo tiempo el secreto de la palabra. La palabra es dicha en forma de renuncia. Heidegger señala dos lados o aspectos de la renuncia si bien advierte que no son propiamente lados simétricos pues habrá uno que regirá en la renuncia. En primer lugar se indica un lado negativo: la renuncia tiene el carácter de un negar-se-algo. Aquello que es negado en la renuncia es la pretensión del poeta a la soberanía representacional de la palabra. Es aquello ya mencionado cuando la Norna falla en hallar el nombre para la joya. El poeta debe abandonar su exigencia de disponer de los nombres para representar cosas. Pero renunciar a la esta soberanía representativa abre, al mismo tiempo, un reino superior de la palabra. Éste es el aspecto positivo de la palabra. Ella deja ser la cosa como cosa. Afirma que “la palabra «en-cosa» la cosa en cosa (Das Wort be-dignt das Ding zum Ding). Heidegger se refiere a este aspecto más elevado de la palabra como die Bedingnis. En Goethe esta palabra significaba lo mismo que la palabra contemporánea Bedingung (condición), sin embargo Heidegger se cuida de distinguirlos.

BedignisBedingung (condición)

Bedingung, condición, significa el fundamento para lo que es. La condición tiene carácter fundante y satisface así el principio de razón. La palabra, en cambio, no cumple estas condiciones. Ella tiene un carácter abismal ya que no funda sino que deja que la cosa esté en presencia como cosa.  Heidegger nombra este dejar como Bedingnis o “en-cosa-miento”. El poeta destina su decir a este secreto de la palabra.

El negar-se de la renuncia, su decir-no, se transforma de este modo en una afirmación, decir-sí. La renuncia es un no-negarse al habla y sólo puede manifestarse a través del “sea” del poema. “De ahora en adelante que la palabra sea: el «en-cosamiento» (die Bedingnis) de la cosa” (p. 209). Este sea revela la relación entre palabra y cosa: ninguna cosa es sin la palabra. Es deber y agradecimiento. 

Heidegger luego explica porqué el tono de la renuncia no es de tristeza sino de alegría. Lo hace a partir de un poema sin título contenido en El Nuevo Reino. La tristeza concernía al aprendizaje de la renuncia tras el cual deviene la alegría. Ambos, alegría y tristeza, sin embargo, se templan mutuamente en el juego de correspondencia que es el dolor. 

El no-negar-se a que la palabra sea el «en-cosamiento» de la cosa es el secreto conocido que trae lo lejano a la cercanía. Este secreto no puede ser dicho. No le corresponde ninguna palabra a este decir que lleva la esencia del habla al habla. Así, el tesoro nunca ganado que menciona George es la palabra para la esencia del habla. La esencia del habla permanece en lo indecible, no le es concedida palabra alguna. Ella es al mismo tiempo lo más cercano, aquello que el poeta tenía en su mano, pero también eso que se escapa. Se encuentra como lo más lejano en la más próxima proximidad.  

«La joya rica y delicada es el «esenciar» (verbal) de la palabra que, en tanto que diciente, nos pone invisiblemente, y aun en lo no hablado, en presencia de la cosa en tanto que tal cosa» (p. 212)

Si el «en-cosamiento» de la cosa en cosa pertenece al reino superior de la palabra, entonces ella se comienza a mostrar como el «recogimiento que lleva lo presente a presencia». Heidegger encuentra que la palabra más antigua para la palabra así pensada es logos: die Sage. A su vez, la palabra logos ha sido usada tanto para «decir» como para «ser». Esta doble connotación de logos muestra la copertenencia entre decir y ser, palabra y cosa. 

El poeta guarda memoria de la joya a través de la renuncia. Así la esencia de la palabra deviene lo más digno de pensar para el poeta. Al escuchar el poema pensamos tras de la poesía. Poesía y pensamiento se encuentran entonces en una relación de copertenencia.

«La esencia del habla» de Martin Heidegger

“La esencia del habla” son en realidad tres conferencias. Las dos primeras conferencias se llevaron a cabo en diciembre de 1957 y la última en febrero de 1958, todas en la Universidad de Friburgo. Heidegger va a ir haciendo algunas observaciones acerca de este título (“la esencia del habla”).

De lo que van a tratar estas conferencias es de la posibilidad de hacer una experiencia con el habla. Antes que nada, siempre hay que tener presente este carácter provisional de la tarea, el hecho de que sea una posibilidad. Vamos a tener que preguntarnos a lo largo de las conferencias si es posible hacer una experiencia con el habla. Por otro lado, Heidegger se ocupa de aclarar qué significa “hacer una experiencia con el habla”. “Hacer” una experiencia no significa que nosotros la hacemos acaecer. “Hacer” va a querer decir acá sufrir, padecer, tomar lo que nos alcanza receptivamente. Hacer una experiencia con algo significa que ese algo nos acaece, nos alcanza, que se apodera de nosotros y nos transforma. Y si es verdad que el ser humano tiene el habla como morada de su existencia, entonces la experiencia que podamos hacer con el habla debería transformarnos en lo más íntimo de nuestro ser. Y tampoco hay que confundir el hacer una experiencia con el habla con el adquirir conocimientos sobre el habla. Una cosa es la información científica o filosófica que pueda obtenerse sobre el habla (que pueden ser muy útiles en ciertos aspectos), pero otra cosa muy distinta es hacer una experiencia con ella. Lo que va a ocupar a Heidegger en estas conferencias, entonces, es indicar los caminos que conduzcan ante la posibilidad de hacer una experiencia con el habla, caminos que pocas veces se utilizan, según Heidegger.

En esta experiencia con el habla, es el habla misma la que se lleva al habla. Se podría pensar que esto ocurre siempre, que el habla habla en cualquier hablar, pero Heidegger dice que no, que el habla misma no llega nunca al habla. Y sólo porque en el hablar cotidiano el habla misma nunca llega propiamente al habla, es que podemos hablar un habla. Ahora, cuando se trata de llevar al habla ese habla que se rehúsa, todo depende de si el habla nos ofrece o nos niega la palabra apropiada. Un ejemplo de esto es el de Stefan George, que en su poema “La palabra” intenta llevar al habla la experiencia poética que él hace con el habla.

Stefan George fue un poeta alemán que nació en 1868 y murió en 1933 en Suiza. El poema “La palabra” se publicó por primera vez en 1919 y más tarde se incorporó a una antología de poesía que se llamó El nuevo reino (Das neue Reich) de 1928:

Sueño o prodigio de la lejanía

Al borde de mi país traía

Esperando a que la Norna antigua

En su fuente el nombre hallara-

Después denso y fuerte lo pude asir

Ahora florece y por la región reluce…

Un día llegué de feliz viaje

Con joya delicada y rica

Buscó largamente e hízome saber:

“Sobre el profundo fondo nada así descansa”

Entonces de mi mano se escapó

Y nunca el tesoro mi país ganó…

Así aprendí triste la renuncia

Ninguna cosa sea donde falta la palabra

Esta última frase es justamente la que más lo va a ocupar a Heidegger. En primer lugar, dice Heidegger, esta frase la podríamos transformar en un enunciado: “Ninguna cosa es donde falta la palabra”. Esto querría decir que ninguna cosa es donde carece de palabra, donde no hay una palabra que nombre una cosa.

Que la palabra está pensada como nombre lo podemos constatar en la segunda estrofa, esa que dice: “Esperando a que la Norna antigua, en su fuente el nombre hallara”. Pero esa divinidad que tiene que hallar el nombre (la Norna) y el lugar donde lo halla (la fuente) nos hace dudar de que “nombre” sea entendido en este poema como un mero signo que se añade a una cosa, que sería la tradición de pensamiento más divulgada sobre el lenguaje. Tal vez hay que pensar la palabra nombre, dice Heidegger, en el sentido en el que aparece en expresiones tales como “en el nombre de Dios” o “en el nombre del rey”. Esta expresión “En el nombre…” quiere decir “bajo la orden”, “conforme al mandato”. Por lo tanto, sólo aquella cosa (entendiendo cosa en su sentido más amplio y tradicional, es decir, como un algo que es) que está “bajo la orden” de la palabra, “conforme al mandato” de la palabra, del nombre, es. Solamente la palabra confiere el ser a la cosa. Acá la cuestión aparece al revés a como en general se lo ha pensado, es decir, que una cosa es y sobre esa base se le asigna una palabra que la nombra.

Heidegger piensa aquí el ejemplo del Sputnik, el primer satélite que se logró poner en órbita. Este satélite, esta cosa, parece independiente de su nombre que se le asignó posteriormente. Pero sin embargo, va a decir Heidegger, si la precipitación, en el sentido de la maximización técnica de todas las velocidades a partir de la cual los aparatos modernos pueden ser lo que son, si esta precipitación no hubiera invocado al hombre, al punto de requerirlo, ponerlo bajo su mandato y disponer de él, si la palabra de este disponer no hubiese hablado, entonces tampoco habría Sputnik.

Pero todavía tenemos que escuchar el poema de George para indagar en esta relación entre cosa y palabra. A lo que hay que prestar oídos es a cómo en esa última estrofa del poema se recoge la totalidad de la experiencia que el poeta ha hecho con el habla. Esa última estrofa, la recordamos, decía: “Así aprendí triste la renuncia: ninguna cosa sea donde falta la palabra”. A lo que el poeta aprendió a renunciar es a la opinión que tenía hasta ahora sobre la relación entre palabra y cosa. Esa renuncia es también una disponibilidad para otra relación, George admite que ninguna cosa sea donde falta la palabra. Acá el “sea” no es, dice Heidegger, el subjuntivo de “es”, sino una forma de imperativo, un mandato al que el poeta se va a atener de ahora en adelante. El poeta abandona la idea de que una cosa es incluso cuando falta la palabra. El poeta hace la experiencia en la cual la palabra deja aparecer una cosa en tanto cosa que es y la deja así estar presente. La palabra se declara al poeta como aquello que sostiene una cosa en su ser. El poeta hace la experiencia en la cual la palabra es pensada en su dignidad más alta. Y, a la vez, la palabra es eso que le está confiada, encomendada al poeta en tanto que poeta. El poeta debería alegrarse de semejante experiencia, pero sin embargo dice “así aprendí triste la renuncia”. Pero la tristeza, va a decir Heidegger, no es el mero abatimiento, la mera melancolía. La verdadera tristeza está en consonancia con la verdadera alegría. Al aprender la renuncia, entonces, el poeta recibe el conocimiento inaugural de la tarea del decir poético. El poeta no podría hacer la experiencia que hace con la palabra si esta experiencia no estuviera templada por la tristeza, que Heidegger define como la serena disposición de ánimo para la proximidad de lo que se ha retirado y que así está, a la vez, reservado para un advenimiento inaugural. Eso que está en retirada y reservado para un advenimiento inaugural sería el habla. La tristeza, entonces, nos mantiene en un estado de alejamiento por la retirada del habla, pero a la vez con una alegría expectante por la proximidad de ese advenimiento inaugural.

¿Qué es lo que logra el poeta entonces en esta experiencia que hace con el habla? Hacer una experiencia, erfahren, significa en el sentido preciso del término eundo asequi, es decir, obtener algo en el caminar, alcanzar algo en la andanza de un camino. Lo que alcanza el poeta en este camino es a entrar en la relación de la palabra con la cosa. Pero esta relación no es una conexión entre dos ámbitos heterogéneos, palabras y cosas. Acá la palabra misma es la relación que en cada instancia retiene en sí la cosa de tal modo que es una cosa. Es la palabra la que sostiene a las cosas en su ser. La palabra es lo que tiene (hält) y retiene (verhält) la cosa como cosa. La palabra es lo reteniente (Verhaltende), es decir, es la relación (Verhältnis) misma.

El poema entonces atestigua este camino en el que el poeta hace una experiencia con el habla. Pero todavía queda pendiente de ver si nosotros somos capaces de entrar en esta experiencia poética con el habla. Acá Heidegger propone una modificación al título de la conferencia. Este ya no sería “la esencia del habla”, sino más bien en forma de pregunta, “¿la esencia? – ¿del habla?”. Acá no es solamente el habla, sino también la esencia lo que está en cuestión. Incluso está en cuestión si y cómo esencia y habla se relacionan. Ahora bien, si queremos indagar acerca del habla, dice Heidegger, entonces ya debe estar hablándonos el habla misma. De la misma manera, si queremos saber algo de la esencia, también lo que significa esencia debe estarnos ya dicho. Inquirir e investigar requieren del consentimiento de lo que abordan y persiguen con preguntas. Todo preguntar ya se haya dentro del consentimiento de lo que está en cuestión. Por eso, Heidegger va a decir acá que la verdadera actitud del pensar no es el preguntar, si no más bien el estar a la escucha, el prestar oído al consentimiento de aquello que debe ponerse en cuestión. Históricamente se ha entendido el pensamiento como un preguntar porque se lo ha entendido como una búsqueda, una profundización y fundamentación de las primeras causas, de las esencias. Se accedía, gracias al preguntar y al inquirir, a un fundamento supuestamente ya dado que adquiría su fundamentación al ser encontrado y alcanzado por este preguntar. Pero el impulso propio del pensamiento para Heidegger no es el preguntar si no la escucha del consentimiento de aquello que está en cuestión, escucha sobre la cual se sostiene todo preguntar. Por eso, de cualquier manera que nos preguntemos por la esencia del habla, es necesario, ante todo, que nos hable el habla misma. En este caso, la esencia del habla deviene consentimiento de su esencia. En el hablar del habla oímos su esencia. La esencia del habla, entonces, deviene habla de la esencia.

En la segunda conferencia, Heidegger dice que va a pensar la cuestión del camino, ya que el hacer una experiencia significa, como ya mencionamos, alcanzar algo caminando en un camino, algo que nos transforma. Contrariamente a la ciencia, donde el camino al conocimiento se conoce bajo el término de método, en el pensamiento no hay método ni tema, sólo hay una región en la que mora el pensamiento y cuyos caminos recorre.

El camino pertenece entonces a una región (Gegend). Esta región, entendida como lo que viene-en-contra (Gegnende), es el Claro (Lichtung) dador de lo libre donde lo esclarecido (Gelichtete), junto con lo que se oculta, llegan al espacio libre (Freie). La región por donde corren estos caminos, entonces, es la Lichtung, el Claro. El camino es lo que nos permite llegar (gelangen) a aquello que tiende (langt) hacia nosotros y que nos de-manda (be-langt). Esta de-manda alcanza a nuestra esencia, la solicita y la deja así llegar a donde pertenece. Por lo tanto, el camino no es un tramo espacial que une dos puntos, sino que es más bien algo que nos lleva a donde ya nos encontramos, como un círculo que nos devuelve al mismo punto de partida, pero ya transformados por la experiencia de haber atravesado el camino. Y solo esta región que Heidegger caracterizó como Claro es la que da caminos, en-camina (be-wëgen) en el sentido de abrir caminos. La palabra camino, dice Heidegger, es una especia de palabra inaugural del habla, es la palabra que dirige el pensamiento de Lao Tse, autor del Tao Te-King. Esta palabra Tao que a veces se traduce al español como sentido o razón quiere decir, según Heidegger, camino. Para la filosofía de Lao Tse todo es Tao, es decir, todo es camino.

 Para Heidegger ya caminamos en esta región, en el Claro, en el ámbito que nos concierne. Y lo propio del pensamiento, como se concluyó en la primera conferencia, no es el preguntar, si no la escucha del decir confiador. Si queremos pensar la esencia del habla, entonces, el habla debe antes confiarse a nosotros, debe dirigirse a nosotros y declararnos su esencia. El habla adviene en tanto que este decir confiador (Zuspruch). Lo oímos todo el tiempo, aunque no pensemos en él. Si no lo escuchásemos en todas partes, no estaríamos en condiciones de hablar una sola palabra. La esencia del habla se manifiesta como aquello que es hablado, como el habla de su esencia. La esencia del habla tenemos que escucharla en el hablar del habla.

Ahora, en este recorrido, tenemos que avanzar hacia la región en la que mora el pensamiento y que nos tiene reservadas las posibilidades para una experiencia pensante con el habla. O sea, no la experiencia poética que vimos en el poema de George, sino una experiencia pensante. Ahora bien, esta región que habita el pensamiento está abierta en todas partes hacia la vecindad con la poesía. ¿Pero qué quiere decir vecindad?

Vecino (Nachbar) es uno que habita en la proximidad (Nähe) y junto a otro. La vecindad es la relación que resulta del hecho de que uno se establece en la cercanía del otro. Y este otro deviene también vecino del uno. O sea, ambos son vecinos mutuamente. En consecuencia, la vecindad entre poesía y pensamiento quiere decir que ambos habitan frente a frente, que uno ha venido a la proximidad del otro. Esta vecindad es un en-frente-mutuo (Gegen-einander-über).

Pero la vecindad entre poesía y pensamiento no es una mera consecuencia derivada del hecho de que ambas entren en una relación de frente a frente. Ambas se pertenecen mutuamente antes incluso de alcanzar este en-frente-mutuo. Tanto poesía como pensamiento se mueven en el elemento del decir.

Todo esto parece fácil de expresar, dice Heidegger, pero lo verdaderamente difícil es hacer la experiencia de ello, sobre todo para nosotros los contemporáneos. Puesto que esta vecindad no es un inventario de relaciones que se puedan representar. Esta vecindad gobierna nuestra estancia sobre la tierra y el caminar sobre ella. Sin embargo, la tendencia calculadora cada vez más creciente del pensamiento actual está logrando que este pensamiento esté a punto de abandonar la tierra, en tanto y en cuanto se busque la conquista del espacio vacío de mundo.

Cuando escuchábamos a George hablar de su renuncia, ya estábamos de alguna manera en esta vecindad de poesía y pensamiento, pero todavía no hacemos la experiencia de la vecindad como tal. Para ello tenemos que retornar a donde ya nos hallamos, lo cual es infinitamente más difícil que esos pasos apresurados hacia donde todavía no estamos. Ya estamos en el terreno del habla, lo que tenemos que hacer es escuchar su hablar que nos dice su esencia, no ir a buscarla a algún lugar más alejado.

Vuelve entonces Heidegger sobre la última estrofa del poema de George: ninguna cosa sea donde falta la palabra. Una cosa es solamente cuando no falta la palabra, cuando la palabra es. Por lo tanto, si lo miramos desde el punto de vista de la lógica más tradicional, la palabra misma debe también ser una cosa. Sería el caso entonces de que una cosa confiere ser a otra cosa, o un ente (o un super-ente) le confiere ser a otro ente. Pero palabra y cosa para el poeta son diferentes, están separadas. La palabra en el poema no es una cosa, se nos escapa, como la joya para la cual el poeta le pide a la Norna una palabra. A lo que la diosa le responde: “Sobre el fondo profundo nada así descansa”. No hay palabra para la palabra, al parecer. Al menos no puede ser ganada para el país del poeta, dice Heidegger. La palabra, el decir, no tiene ser. No es ninguna cosa, ningún ente y sin embargo tenemos un entendimiento de las cosas cuando para ellas se haya disponible una palabra. Sucede igual que con el “ser”. Cuando decimos que una cosa “es”, ¿qué hay de ese “ser”? ¿Es también una cosa? No. Nunca encontramos el “es” como cosa cuando lo buscamos en una cosa. Ni la palabra ni el “es” pertenecen a las cosas que son, a ninguno le corresponde la cosidad (Ding-wesen). Pero tampoco pueden ser una mera nada. Cuando el pensamiento rodea a la experiencia poética con la palabra esta nos muestra lo digno de pensar, eso que desde antiguo fue encomendado al pensamiento. Muestra aquello que hay pero que, pese a todo, no “es”. La palabra, pese a no ser una cosa, pertenece a lo que hay. Si pensamos rectamente, nunca podemos decir de la palabra “ella es”, si no más bien “ella da” (es gibt). No en el sentido de que se den palabras, sino en el sentido de que es ella misma la que da, es ella misma la donante (das Gebende). La palabra da el ser. La palabra es la donante misma, sin estar ella jamás dada. Permanece ausente en la lejanía. Esto que en el decir poético parece deslizarse hacia lo misterioso, lo oscuro y lo indecible, se revela como lo más digno de ser pensado, aunque sus rasgos se pierdan en lo indeterminado.

Empezamos a entender que la vecindad entre poesía y pensamiento no es un proceso por el cual ambas se juntan desde lugares divergentes. La proximidad que aproxima, dice Heidegger, es el advenimiento apropiador (Ereignis), desde el cual poesía y pensamiento están remitidos a lo propio de su esencia. Ahora bien, si este advenimiento apropiador es lo que previamente habíamos mencionado como ese elemento común en el cual se mueven poesía y pensamiento, se está hablando del Decir, ese decir donde el habla nos dice su esencia. Y este Decir ya ha dado en la meta, que no es otra que nosotros los humanos. Porque el ser humano sólo es, dice Heidegger, en la medida en que es prometido al decir confiador del habla; en que está puesto en uso y necesitado para el habla, para hablar el habla. En otras palabras, el habla no es un instrumento al servicio de hombre. Más bien aquí pareciera que el hombre es el que está al servicio del habla.

Comienza ahora la tercera conferencia cuyo objetivo es finalmente llevarnos ante lo que haría posible que tengamos una experiencia con el habla. Del camino que nos lleva hacia eso que hace posible una experiencia con el habla, ya dijimos que sólo conduce allí donde ya nos hallamos. El problema es que allí donde ya nos hallamos, lo estamos de tal modo que al mismo tiempo no estamos allí, porque todavía no alcanzamos aquello que de-manda a nuestra esencia. Este camino necesita entonces de algo que lo acompañe, dice Heidegger, y que lo lleve hacia adelante. Algo que nos haga avanzar a nosotros a través de ese camino. En la segunda conferencia se estableció el ámbito al que pertenece este camino, que es la vecindad de poesía y pensamiento. Y a la proximidad que conduce a la poesía y al pensamiento a su mutua vecindad la llamó Heidegger el Decir (die Sage). Suponemos, dice Heidegger, que en este Decir reside la esencia del habla. Sagen, decir, significa mostrar, dejar aparecer; liberación luminosa-ocultadora, entendida como ofrecimiento de lo que llamamos mundo. El Decir entonces hay que vincularlo con el Claro, que es el nombre que Heidegger le había puesto a esa región por la que estamos transitando, que es la vecindad entre pensamiento y poesía y que es la región que nos da el camino. De este Claro también había dicho Heidegger que es donde lo esclarecido, junto con lo oculto, llegan al espacio libre. Y yendo un poco más lejos se podría decir que nosotros mismos (los humanos) habitamos ese Claro como se dice en Carta sobre el humanismo. Habitamos ese Claro por donde despeja el ser, por donde el ser elige mostrarse y ocultarse a la vez. Por eso esta región es también el Decir, el habla. El ser se muestra (a la vez que se oculta) en ese Claro que es el habla que habla a través nuestro.

Acá creo que viene bien recordar esto que dice Heidegger en Carta sobre el humanismo (1947), ya que se relaciona bastante con lo que se está diciendo acá: “El pensar lleva a cabo la relación del ser con la esencia del hombre [“llevar a cabo acá quiere decir para Heidegger “desplegar algo en la plenitud de su esencia”]. No hace ni produce esta relación. El pensar se limita a ofrecérsela al ser como aquello que a él mismo le ha sido dado por el ser. Este ofrecer consiste en que en el pensar el ser llega al lenguaje. El lenguaje es la casa del ser. En su morada habita el hombre. Los pensadores y poetas son los guardianes de esa morada. Su guarda consiste en llevar a cabo la manifestación del ser, en la medida en que, mediante su decir, ellos la llevan al lenguaje y allí la custodian”. Acá también está esta idea de que la verdad del ser es ya ofrecida por el ser mismo, de la misma manera que la esencia del habla es ofrecida por el habla misma, es el habla de la esencia. Lo que hace el pensamiento es escuchar y llevarla al lenguaje y desplegarla en su plenitud. Y somos nosotros, los que habitamos en el Claro del ser, los que tenemos que escuchar, por eso también se dice en la Carta que “…el hombre sólo se presenta en su esencia en la medida en que es interpelado por el ser. Sólo por esa llamada ha encontrado el hombre donde habita su esencia. Sólo por ese habitar tiene el lenguaje a modo de morada que preservar el carácter extático de su esencia. A estar en el claro del ser es a lo que yo llamo la ex–sistencia del hombre.” Y más adelante va a decir, con palabras similares a las que está usando acá: “…el hombre es ese ente cuyo ser, en cuanto ex–sistencia, consiste en que mora en la proximidad del ser. El hombre es el vecino del ser.”

Siguiendo con el hilo de la conferencia, habíamos dicho que hay que encontrar ese elemento que acompañe al camino y nos impulse hacia adelante en su recorrido. En este sentido, Heidegger retoma la frase que había dejado pendiente al final de la primera conferencia, donde la esencia del habla devenía habla de la esencia. La frase entonces era: “La esencia del habla: el habla de la esencia”.

Esta frase, dice Heidegger, nos hace una seña hacia la experiencia del habla como Decir, Decir que es como ya dijimos varias veces esa proximidad en la que poesía y pensamiento están en mutua vecindad. Importante también no confundir este Decir con la actividad fónica del hablar. Todas las representaciones corrientes del habla que Heidegger quiere combatir entendieron el habla como un fenómeno fónico que el hombre utiliza a su servicio a partir de la manipulación de las herramientas del habla: los labios, la boca, la lengua. Por eso es tan llamativo, señala Heidegger, que la palabra “lengua” (palabra fundamental de Saussure) se haya utilizado para referirse a los distintos lenguajes occidentales. Pero tampoco es que Heidegger quiera despreciar la fonación vocal como lo meramente sensorial del habla en favor de algo que vendría a ser como lo espiritual del habla. Y se ocupa bastante de aclarar esto. De lo que se trata, va a decir, es de si es suficiente explicar el habla en términos fisiológicos. Por supuesto que la producción de sonidos se deja explicar fisiológicamente, pero ¿alcanza esto para explicar el fenómeno del habla? Es tan propio del habla el sonar, el vibrar de las cuerdas vocales, los movimientos de la lengua y de los labios como lo es el hecho de que la palabra hablada tiene un sentido. Sólo el hecho de que llamemos Mundarten a los distintos modos de hablar según el territorio nos tiene que dar que pensar, dice Heidegger. Mundarten es la palabra que se usa para decir “dialectos” y literalmente quiere decir “géneros de la boca”. La diversidad de estos dialectos no se fundamenta solamente en los diferentes modos de emplear las herramientas del habla (la lengua, la boca, los labios) sino también en el paisaje, en la tierra.  En cada dialecto la tierra es la que habla siempre de modo distinto. Para ejemplificar esto Heidegger utiliza una poesía de Hölderlin, más precisamente la quinta estrofa del himno a Germania que dice así:

Y secretamente, mientras soñabas, al mediodía

Te dejé, partiendo, un signo de amistad,

La flor de la boca y tú hablabas, solitaria.

Pero también plenitud de doradas palabras enviaste

Afortunada! con los ríos y brotan inagotables

A todas las regiones.

Acá se menciona el habla como flor de la boca. En el habla florece la tierra hacia el florecimiento del cielo. Acá oímos la resonancia del habla surgir en su sustancia terrenal. En el habla resuena lo terrenal que, en lo abierto, en este Claro iluminador que es el Decir del habla, deja aparecer mundo en las cosas. Porque este florecer que surge de la tierra se eleva hacia el Cielo, lo terrenal se eleva a lo espiritual y juntos dejan que aparezca el mundo en las cosas. Recordemos que tierra y cielo (juntos con los mortales y los divinos) son los cuatro elementos de la Cuaternidad, las cuatro regiones del mundo. Y no puede haber mundo si falta uno de las dos. Por no hay que entender lo que está diciendo Heidegger como un privilegio de lo espiritual por sobre sensible. Ambos aspectos se tienen que complementar y no puede haber mundo si falta uno de ellos.

Siguiendo con la frase rectora (“La esencia del habla: el habla de la esencia”) que para Heidegger nos indicaba una seña hacia el habla como Decir, debemos llamar la atención sobre el hecho de que la primera parte de la frase (“La esencia del habla”) tiene al habla como sujeto, aquello de lo cual debe establecerse qué es. Este “qué es” (Wassein), en griego tó ti estin, contiene desde Platón lo que llamamos esencia (das Wessen). La esencia de una cosa que más tarde vendrá a ser el concepto, la representación, y de la cual nos servimos para asir lo que una cosa es. Lo que es el habla es lo que debería mostrársenos entonces después de esos dos puntos. Pero lo que se nos dice ahí es “el habla de la esencia”, donde esencia asume el rol del sujeto al que les es propia el habla. Pero acá “esencia” ya no significa lo que algo es, sino que la oímos como verbo: wesend, esenciante. “Esencia” significa perdurar, permanecer. Y la expresión “es west”, esto esencia, significa esto esencia en presencia y perdurando nos concierne, nos en-camina y nos de-manda. Por lo tanto, esta segunda parte de la frase rectora dice “el habla pertenece a esto que esencia, es propio a lo que lo en-camina todo como su propiedad más propia. Lo que en-camina toda cosa, en-camina por el hecho de que habla”.

Con esto todavía queda en la oscuridad en qué medida habla lo esenciante y más aún qué significa hablar. Pero por lo menos nos señala la frase rectora hacia la región del Decir, ese Decir que es la proximidad de poesía y pensamiento. Es más, el Decir y la proximidad, dice Heidegger, son lo Mismo. Si llegamos a comprender esta afirmación se nos abriría la posibilidad, quizás, de hacer una experiencia con el habla. Tratemos de pensar ahora entonces la proximidad.

Lo primero que habría que decir es que esta proximidad no tiene que ver con algo que se pueda medir en coordenadas espacio-temporales. Lo que hay que pensar en la proximidad es la experiencia del en-frente-mutuo, que ya mencionamos. Heidegger dice que “cuando prevalece el en-frente-mutuo, todo, lo uno para lo otro, está abierto, abierto en su ocultación de sí; así, el uno se extiende hacia el otro, se entrega al otro y de este modo todos permanecen ellos mismos; uno está frente al otro como vigilante, custodiándolo, y está por encima de él como aquello que lo vela”. Este es también el modo en que hay que pensar la proximidad de las cuatro regiones del mundo (tierra, cielo, mortales y divinos). Y a eso que en-camina la proximidad Heidegger lo llama: die Nahnis. Que sería algo así como la esencia de la proximidad, según una nota de la traducción. Por esto es que espacio y tiempo entendidos como parámetro, es decir, como los piensa la mentalidad calculadora, no pueden medir nunca la proximidad. Porque, por ejemplo, en el tiempo entendido como secuencia de ahoras, un ahora no está nunca abierto frente a otro, aunque tampoco estaría bien dicho esto porque el estar cerrados (es decir, no abierto frente al otro) es también un modo de acercarse o alejarse del en-frente-mutuo. Y lo mismo se puede decir de los intervalos espaciales. Espacio y tiempo entendidos como parámetros no permiten el en-frente-mutuo de sus elementos y atentan contra la proximidad, la Nahnis, de las regiones del mundo. Allí donde toda distancia está precisamente calculada, allí se extiende lo in-distante como negación de la proximidad vecinal de las regiones de la Cuaternidad. En la ausencia de distancia, todo se vuelve equi-valente y disponible para el cálculo uniformizador que se asegura así el dominio de la tierra. Este dominio de la tierra es posible entonces gracias al espacio y el tiempo pensados como parámetros de coordenadas para medir todo lo que existe y se produce así la devastación del en-frente-mutuo de las regiones del mundo.

Heidegger propone otras formas de pensar el tiempo y el espacio más en relación con la esencia de la proximidad. El tiempo temporaliza y el espacio espacializa, va a decir Heidegger. ¿Qué quiere decir que el tiempo temporaliza? Temporalizar significa madurar, dejar crecer y eclosionar. Y lo que temporaliza el tiempo es lo que viene simultáneamente a tiempo, lo con-temporáneo, aquello que del mismo modo unido eclosiona con su tiempo. Y lo con-temporáneo del tiempo es: el haber sido, la presencia y lo que guarda en encuentro, es decir, pasado, presente y futuro. Al temporalizar el tiempo nos retrae a su triple simultaneidad, a lo eclosionador de lo con-temporáneo, la igualdad unida de pasado, presente y futuro. El tiempo no se mueve, dice Heidegger, reposa en silencio. Y al temporalizar el tiempo en-camina lo que lo con-temporáneo espacializa.

Y lo mismo puede decirse del espacio que espacializa, que da espacio a las localidades y los lugares: los libera a la vez que los entrega a ellos y asume lo con-temporáneo como tiempo espacial. El espacio tampoco se mueve, también reposa en silencio. El temporalizar del tiempo y el espacializar del espacio, dice Heidegger, en-caminan el en-frente-mutuo de las cuatro regiones del mundo, ponen en movimiento el juego del mundo. Esta puesta en-camino de la Cuaternidad hace advenir la proximidad en tanto que Nahnis.

¿Y cómo se relaciona todo esto con la cuestión del habla? Heidegger había dicho que el Decir, en tanto que esencia del habla (o lo esenciante del habla), y la proximidad eran lo Mismo y que de llegar a pensar esto dependía la posibilidad de hacer una experiencia con el habla. El Decir había sido determinado como un mostrar y un dejar aparecer en un Claro que es al mismo tiempo ocultamiento. Y la proximidad ahora se nos reveló como la puesta en camino del en-frente-mutuo de las regiones del mundo. El Decir, dice Heidegger, “vibra en retorno a la esencia de la proximidad”. A lo que está apuntando aquí es a que el habla es el Decir de la Cuaternidad. O sea que en el habla resuena, se muestra (aunque ocultándose) la proximidad de las cuatro regiones del mundo. Con resonar se quiere decir que lo que se escucha no es el habla misma. Como se dijo al principio, el habla misma no llega nunca al habla. Que resuene quiere decir que lo que se puede escuchar es una especie de eco de lo que sería el habla misma, del Decir de la Cuaternidad. Por eso el habla, la esencia del habla o el habla de la esencia se muestra a la vez que se oculta, porque se muestra ya desfigurada.

A partir de esto ya no podemos ver en el habla algo con lo que nosotros los humanos tenemos alguna relación, si no que más bien el habla, dice Heidegger, es la relación de todas las relaciones. O dicho de otro modo, eso sobre lo que se sostiene y que posibilita cualquier relación. También dice Heidegger que el habla, en tanto que Decir, pone-en-camino-el-mundo. El habla sostiene, enriquece y custodia la proximidad de las regiones del mundo mientras ella, en tanto que Decir, se retiene en sí. Y reteniéndose el habla nos de-manda a nosotros que somos parte de la Cuaternidad del mundo en tanto que mortales y que solamente podemos hablar en la medida en que correspondemos al habla, en la medida que escuchamos el Decir. Aunque el Decir hace su trabajo sin ruido alguno. El Decir nos invoca silenciosamente y a esa invocación silenciosa Heidegger la llama el son del silencio. Eso es el habla de la esencia, lo que esencia en la invocación silenciosa del Decir que nos de-manda y nos llama a ocupar nuestro lugar en la Cuaternidad como mortales.

Ahora bien, suponiendo que esto es correcto y que lo que pone-en-camino y sostiene las regiones del mundo en su en-frente-mutuo, en su proximidad, es el habla en tanto que Decir, también es el Decir el que da eso que denominamos “es”, o sea el ser. En el esclarecedor espacio abierto del Decir se da y se muestra el “es”. En definitiva, el lenguaje es la casa del ser. Todo lo que venimos leyendo pareciera ser una profundización sobre este pensamiento y maneras distintas de abordarlo.

Para terminar entonces Heidegger vuelve sobre la última frase del poema de George: Ninguna cosa sea donde falta (gebricht) la palabra. Y ahora, dice Heidegger, nos es posible decir: Un “es” se da donde se rompe (zerbricht) la palabra. Romper quiere decir acá, según Heidegger, que la palabra resonante regresa a lo insonoro, vuelve a donde ella fue concebida, al son del silencio, al Decir. Esta ruptura de la palabra es el verdadero paso atrás en el camino del pensamiento.

Peligroso diálogo entre un diálogo y una carta

A partir de:

-M. Heidegger, “De un diálogo acerca del habla: Entre un Japonés y un Inquiridor” en De camino al habla, trad. Yves Zimmermann, España, Ed. Serbal-Guitard, 1990, pp.77-140

-J. Derrida, “Carta a un amigo japonés” en El tiempo de una tesis: Deconstrucción e implicaciones conceptuales, trad. Cristina de Peretti  España, Ed. Proyecto A, 1997, pg. 23-27. Extraído de https://redaprenderycambiar.com.ar/derrida/textos/carta_japones.htm (26-9-2021) pg. 1-4                                                      
A cargo de Elías Chain Alfaro                                                                                                                                                                                            

Peligroso diálogo entre un diálogo y una carta

Heidegger: Un hablar del habla sólo podría ser un diálogo.

Japonés: En él nos movemos sin duda.

Derrida: Con mi más sincero y cordial agradecimiento.

Diálogo en su etimología es el uso racional o ciencia del Logos para quizás entre la oposición de dos discursos llegar a una Verdad. Me permito en esta breve exposición hacer conversar dos conversaciones, hacer dialogar dos diálogos.

            No sabría decir si este intento es expresamente un diálogo; primero porque no es de a dos, sino mínimo de cuatro o quizás cinco o quizás más. Tengo aclaraciones y preguntas. Dialoga Heidegger y un japonés, dialoga Derrida y un japonés ¿Dialogaría Derrida y Heidegger? De seguro le habla, pero ¿Dialoga Heidegger y Derrida? ¿Dialogaría Izutzu con el inquirido? ¿Dialogaría Derrida y el inquirido? ¿Dialogaría  Heidegger e Izutzu? Segundo ¿Es lo mismo un diálogo entre personas que entre textos? ¿Dialoga Derrida con Izutzu en su carta? ¿Puede dialogar texto y persona? ¿Pueden dialogar dos textos? ¿Hablan las escrituras? ¿Solo lo que habla dialoga? Tercero, difícilmente puedo llegar a la verdad, pues de antemano esto supone una unidad de sentido que en toda conversación siempre se dispersa, incluso para quienes se escuchan atentamente, pues el Logos del dia-logo reúne a la manera de la dispersión. Pero, ¿Si dos textos se ponen en común y se relacionan, se entrecruzan y hablan de lo mismo y a lo mismo de maneras distintas, no sería esto un recorrido a través (dia) y en múltiples direcciones de la palabra (logos)? Esto es y no es un diálogo. Eso lo hace peligroso.

***

El japonés cierra los ojos, inclina la cabeza y se abandona a una larga meditación. El inquiridor espera a que su huésped retome el diálogo. (Heidegger: 104)

Heidegger hospeda al japonés, Derrida le escribe a su amigo. Ambos dialogan. Hablan de lo mismo y quizás a lo mismo de manera distinta. Ambos hablan de la metafísica occidental. Ambos hablan al personaje “fuera” de occidente. Dialogan con una lengua extranjera. Si el lenguaje es la casa del ser, este es un dialogo entre casas diferentes. Algo extraño sucede en estos diálogos. Algo del orden de la im-posibilidad.

H: Un diálogo de casa a casa es, pues, casi un imposible (Heidegger: 83)

Derrida le dice a su amigo sobre la posibilidad de traducción de la palabra “deconstrucción”  

D: [La] determinación negativa de las significaciones o connotaciones debería evitarse en la medida de lo posible. [ …] Subrayo estas palabras (“posible” y debería”)  (Derrida, pg. 1)

Me atrevo a decir que ambos dialogan con la premisa de quizás no poder hacerlo. Algo impide una transparencia en lo dicho. Y en esa imposibilidad se habla. La negación a la palabra precisa que vislumbre todo. El sentido transcurre en el texto no en la palabra. Transcurre en un dialogo, no en la definición.

D: Para ser muy esquemático, diré que la dificultad de definir y, por consiguiente, también de traducir la palabra «desconstrucción» procede de que todos los predicados, todos los conceptos definitorios, todas las significaciones relativas al léxico e, incluso, todas las articulaciones sintácticas que, por un momento, parecen prestarse a esa definición y a esa traducción son asimismo desconstruidos o desconstruibles, directamente o no. (Derrida: 3)

J. A nosotros, los japoneses, no nos extraña dejar en lo indeterminado lo que uno tiene por propósito; más aún, el volver a cobijarlo en lo indeterminable.

H. Esto, en mi opinión, es parte constitutiva de todo diálogo acertado entre gente que piensa. Un diálogo así conlleva el poder de cuidar no sólo que lo indeterminable no se escape sino que despliegue su fuerza reuniente de modo aún más luminoso en el transcurso del diálogo. (Heidegger: 92)

El diálogo es la reunión del pensamiento, es el acontecer del ser-con en una profunda escucha. El diálogo hace caminos que permiten demorar. En el diálogo transcurre la negación, lo que yo llamaría sustracción. Lo que otrxs le dicen restancia.

H. Lo permanente de un pensamiento es el camino. Y los caminos del pensamiento cobijan en sí estos misterios: podemos en ellos, caminar hacia adelante y hacia atrás, incluso de un modo que sólo caminar atrás nos conduce adelante.

[ …]

J. Atrás, bien, pero ¿a dónde?

H. A lo que deviene inicio (in das Anfangende).” (Heidegger: 91)

Y me pregunto ¿Cómo el diálogo nos permite devenir inicio? ¿El diálogo permite retroceder? Si en una conversación se piensa en conjunto y se transitan diferentes derivas. ¿No será ese el camino? la conversación infinita que no conduce a lugar fijo y que en última instancia nos deja en nada o en una pura posibilidad.

J. Sólo esto conduce a los espacios abiertos.

H. Pero el camino que conduce hasta ellos no se deja jalonar, ni tampoco planificar como una carretera. El pensamiento rinde tributo a un modo de construirse de un camino que yo casi quisiera llamar prodigioso.

J. En este camino los obradores regresan, a veces, a los terrenos de obra abandonados o incluso regresan aún más tarde. (Heidegger: 101) 

¿Es esto lo que muestra la  deconstrucción? ¿Un desmontaje arquitectónico que nos permite regresar a lugares vacíos, a terrenos abandonados donde es posible un espacio abierto? ¿Es la deconstrucción un diálogo con la tradición  que permite sin planificación o librados al vagabundeo llegar a un origen sin origen?

D: Entre otras cosas, yo deseaba traducir y adaptar a mi propósito los términos heideggerianos de Destruktion y de Abbau. Ambos significaban, en ese contexto, una operación relativa a la estructura o arquitectura tradicional de los conceptos fundadores de la ontología o de la metafísica occidental.

[ …]

3) Deconstruirse […] perder su construcción (Derrida: 1)

En el diálogo se dan señales, no se transmiten pensamientos completos en palabras. Como sí cada cual donara su pleno pensamiento al otro, haciéndoselo saber ¡No! En el diálogo se transita un enigma, enigma del sí mismo y del otro. El enigma es lo mutuo e innombrable que permite el diálogo.

D: Es preciso, asimismo, señalar que la deconstrucción no es siquiera un acto o una operación. Ello se deconstruye […] Y en el “se” del “deconstruirse”, que no es la reflexividad de un yo o de una conciencia, reside todo enigma” (Derrida: 3)

H. El querer saber y la avidez de explicaciones no conducen jamás a un pensamiento inquiridor. Querer saber es siempre la pretensión enmascarada de una autoconciencia que se remite a una razón inventada por sí misma y de la racionalidad de esta razón. Querer saber no quiere precisamente detenerse en lo que es digno de pensar. (Heidegger: 92)

J. Hay, en japonés, una palabra que, más que dejarse utilizar como nombre para el hablar y el habla, dice la esencia del habla.

H. Esto mismo es lo que exige el asunto en cuestión puesto que la esencia del habla no puede pertenecer al orden del habla.

J. Se limita a hacer seña (Wink) a la esencia del habla.

H. Me parece que acaba usted de pronunciar una palabra clave, algo así como la palabra del enigma.

J. Entonces “señar” sería el rasgo fundamental de toda palabra. (Heidegger: 104)

El dialogo señala un sendero hacia el camino, el señalar puede ser un gesto, se puede dialogar con ellos. El gesto es el cuerpo pensando. Cuando ello piensa, piensa el cuerpo. El gesto trae al presente una ausencia. El gesto permite presentar un pensamiento, traerlo a la luz de su escondite, no como transparencia entre  razón y palabra, sino como mostración entre cuerpo y sentido. El gesto permite señalar, y mostrar una cosa distinta a las demás. Señalar es separar de un todo conservando el enigma de lo que se muestra. En el gesto se señala, y con ello lo señalado se separa del resto, abstrae su alrededor. El gesto como señal permite vaciar lo que lo circunda. El gesto destaca y al hacerse patente deja a lo demás ausentarse. 

J. Usted piensa entonces el “señar” en su común pertenencia a lo que explicó como por la palabra gesto.

H. Así es. (Heidegger: 107)

Hablan del teatro No.

J. Por ejemplo cuando debe aparecer un paisaje de montañas, el actor levanta lentamente la mano abierta y la mantiene quieta, sobre los ojos, a la altura de las cejas ¿Me permite mostrárselo?

H. Se lo ruego.

El japonés levanta la mano y la mantiene tal como ha descrito  

[ …]

H.  Si tuviéramos la suerte de pensar el gesto en este sentido, ¿Dónde iríamos a buscar lo propio que del gesto me ha mostrado usted?

J. En un mirar él mismo invisible que se “porta” de tal modo recogido al encuentro del vacío que en él y por él la montaña haga su aparición.

H. El vacío es entonces lo mismo que la Nada, es decir, este puro despliegue que intentamos pensar como lo otro en relación a todo lo que viene en presencia y a todo lo que se ausenta. (Heidegger: 99)

El dialogo que solo se da en el ser-con permite la interpretación. Como dice Heidegger en Ser y tiempo: en la comunicación se despliega lo que hay de común en el contraste y en la comprensión del ser-con. El dialogo permite la interpretación. E interpretar requiere de una escucha de lo otro. Dialogar es interpretar. El ser-con posibilita el dialogo y con ello la interpretación. 

J. De todos modos, le agradezco que vuelva de nuevo a la hermenéutica.

[ …]

H. Hermes es el mensajero divino. Trae el mensaje del destino. Hermenéutica es aquel hacer presente que lleva el conocimiento en la medida que es capaz de prestar oído a un mensaje. 

[ …]

De todo ello se deduce claramente que lo hermenéutico no quiere decir primariamente interpretar sino que, antes aún, significa traer mensaje y noticia.  (Heidegger: 110-111)

El dialogo remite a una fuente originaria, el ser-con que permite concurrir los mensajes, interpretarlos y comprenderlos. Dialogar es dialogar con un origen, dialogar es entender el ser-con en todo su carácter. Dialogar es entender también el habla de la tradición, aquellxs otrxs que han dejado  sus noticias, sus señales y sus huellas.

J. Nuestros profesores y mis amigos en el Japón siempre entendieron sus esfuerzos en este sentido. El profesor Tanabe volvía con frecuencia a una pregunta que usted planteó una vez: ¿por qué no se dedicaban los japoneses a reflexionar acerca de los venerables inicios de su propio pensamiento en lugar de correr ávidamente tras la última novedad de la filosofía europea?

H. No es fácil ir en contra de eso. Llegado el momento, tales procedimientos se ahogan en su propia esterilidad. En cambio, lo que necesita nuestra concurrencia es algo distinto.

J. ¿Y eso sería?

H. Atender a las huellas que indican al pensamiento el ámbito de su fuente.

J. ¿Encuentra usted tales huellas en su propia tentativa?

H. Las encuentro sólo porque  no proceden de mí y son discernibles sólo escasas veces, como un eco casi inaudible que procede de una invocación ajena. (Heidegger:119)

En todo dialogo se oculta un secreto. El aspecto de desocultamiento propio del Logos  del dia- logos como traída a lo presente de todo tiene tras de sí una sustracción originaria,  aquello innombrable que debe permanecer oculto y que debemos en conjunto velar porque no se manifieste totalmente. En el intento de desocultarlo todo, el diálogo no es más diálogo sino mera transmisión de información, sin escucha, sin otrx.

H. Lo que suscita mi mis reservas es la creciente comprensión de lo intocable que el misterio del decir nos vela.

[…]

J. Nosotros los japoneses, tenemos una comprensión innata para esta clase de retenimiento que usted manifiesta, si me permite esta expresión. Un secreto sólo es secreto cuando ni siquiera aparece el hecho de que reina un secreto.

H. Tanto a los superficiales y presurosos como a los circunspectos y meditativos debe parecerles como si en ninguna parte hubiese secreto.

J. Mas, nos hallamos rodeados del peligro, no sólo de hablar del secreto en voz demasiado alta, sino incluso de desencontrarnos con su manera de prevalecer.

H. Cuya fuente pura me parece lo más difícil de custodiar. (Heidegger:135)

El dialogo señala un sendero hacia el camino. El dialogo no nos lleva a un rumbo fijo, nos deja arrojados a lo indeterminado y en ello hay encuentro. El diálogo no es en ningún sentido dialéctica como técnica de discutir para descubrir la verdad mediante la confrontación de razonamientos contrarios entre sí: Tesis-Antítesis- Síntesis. El diálogo reúne en la distancia, cada cual en su lugar, sin aparejamiento ni empatía. Si hay dialéctica esta es negativa. Se aloja y se queda en la confrontación y en la indeterminación. No hay ser absoluto, no hay un abarcar que reúne ni un mero ensamblar que equilibra contrastes. Sino una unión en la diferencia.

D. ¿Lo que la deconstrucción no es? ¡Pues todo!

      ¿Lo que la deconstrucción es? ¡Pues Nada!

J. Fue aquí donde nuestro dialogo se perdió en el camino.

H. Por suerte (Heidegger: 109)

Dialogar es peligroso, se corre el riesgo de imponer la palabra propia, el propio idioma. Dialogar es peligroso puede fagocitar la diferencia. Dialogar es peligroso se corre el riesgo de no pensar y con ello caer en la acrecentante metafísica. Dialogar es peligroso pero somos en ese riesgo.

H. ¿A qué peligro se refiere usted?

J. Al peligro de que la riqueza conceptual que el espíritu de las lenguas europeas tiene dispuesto, nos induzca a rebajar aquello que viene a requerir nuestro modo de ser a algo indeterminado e intangible.

H. Con todo, amenaza un peligro aún mayor. Nos concierne a ambos y es tanto más amenazante cuanto más disimulado.

J. ¿Cómo es eso?

H. El peligro amenaza desde un ámbito que no sospechamos pero en donde, precisamente, deberíamos hacer su experiencia. (Heidegger: 81)

El peligro de dialogar conlleva el riesgo de no comprenderse. Este es el riesgo constante del compartir. Me atrevo a decir que en algún aspecto siempre hablamos lenguas extranjeras. Siempre comprender implica un ámbito de la interpretación y traducción.

D: Y, como acabo de decir, «desconstrucción» es una palabra esencialmente reemplazable dentro de una cadena de sustituciones. Esto también puede hacerse de una lengua a otra. Lo mejor para (la) «desconstrucción» sería que se encontrase o se inventase en japonés otra palabra (la misma y otra) para decir la misma cosa (la misma y otra), para hablar de la desconstrucción y para arrastrarla hacia otra parte, para escribirla y transcribirla. Con una palabra que, asimismo, fuera más bonita. Cuando hablo de esa escritura de lo otro que sería más bonita, me refiero, evidentemente, a la traducción como el riesgo y la suerte del poema. ¿Cómo traducir «poema», un «poema»? (Derrida: 4)

El dialogo en la escucha es del amigo y del huésped. Quienes se entienden se diferencian y se juntan, se afectan mutuamente. La escucha no es el privilegio de una amistad de los iguales, de los próximos, hermanos y reconocibles. Estos no dialogan, se palmotean, se suman, solo dicen -¡Sí! ¡Sí! Toda la razón- Pienso lo mismo-. El dialogo es entre lejanos entre quienes corren el riesgo de no entenderse y separase para siempre. La verdadera escucha es hospitalidad, reconocer que el ámbito de lo propio ya se encuentra infectado de alteridad. El verdadero dialogo es im-posibilidad de comprender al otro y hacer propia su habla. Escuchar es traducir y esto implica parcialidad, retazos, fragmentos de sentido.

D. Querido amigo, me doy cuenta de que, al intentar aclarar una palabra con vistas a ayudar a su traducción, no hago más que multiplicar sus dificultades: la imposible “tarea de la traducción” (Benjamin), esto es lo que quiere decir asimismo “deconstrucción” (Derrida: 3)

J. Es bastante extraña

 H. Pero me parece  que en el campo en el que andamos sólo alcanzamos lo que no es originariamente familiar si no tememos el paso por lo extraño. (Heidegger: 115) 

En dialogo tiene lugar el callar. Este tránsito es innombrable. Solo en el genuino hablar es posible la transformación al silencio.

H. La metamorfosis ocurre como andanza

J…. en el cual un lugar se deja por otro…

H.… y que requiere dilucidación

J. La metafísica es un lugar.

H. ¿Y el otro? Lo dejaremos sin nombre. (Heidegger: 125)

J.  […] nos hemos atrevido a dilucidar el Iki: el puro encantamiento del silencio invocador. (Heidegger: 129)